Inmerso dentro de un extenso parque nacional, lo denso de la selva choca con un pueblo, donde el ruido delata la cercanía a la imponente catarata. En Zambia, del otro lado de la garganta, un pueblo se levanta con el nombre de Livingstone por justas razones. Hombre pionero que no descubre el afluente, pero sí el primero que lo da a conocer en Occidente, en la búsqueda sin precedente de la fuente del Río Nilo. Allí, con tremendo vacilo, el caudaloso Zambezi se hace innavegable por sus estrepitosos rápidos y cascadas; sin barreras, divide las fronteras de lo que alguna vez fuera Rhodesia del Norte y del Sur -cuarto con Botsuana y Namibia-. Pero lo llamativo no es el caprichoso motivo con el que África fue dividido un siglo y medio atrás, sino la existencia de un pueblo en convivencia con la selva, la consecuencia del hábitat compartido, la influencia de dos mundos que dialogan, como cuento de Kipling o de Quiroga. ¿En cuántos lugares del mundo pasa algo tan rotundo?
Se escucha con potencia el agua que cae con violencia; abruma la humedad, llueve hacia arriba contra la gravedad. La selva atrae pájaros y bichos que se mueven por los nichos de las plantas gruesas y vegetación espesa; entre las flores y sus mil colores. En la tarde los monos babuinos hacen de los árboles su casa, de los techos sus trechos, y en los jardines motines. ¡Más de uno querrá tirarles con pistola de balines! Los jabalíes invaden las calles como en Iguazú los coatíes. De noche búfalos y elefantes que caminan como antes; cuando era todo selva y no había habitantes. Los turistas que visitan se deleitan con la salvaje naturalidad de las fieras; mientras los habitantes se irritan ante semejante comodidad. Los histéricos primates entran por los remates, abren heladeras y se llevan hasta las hieleras; atacan con sus garras a los perros que les ladran. Los locales se quejan de los paisajes invadidos de chanchos salvajes; se molestan por los elefantes que rompen muros, gigantes que no toleran las limitantes de los pobladores ocupantes.
Convivir con la naturaleza requiere cautela y destreza: Unos chicos evitan una plaza por los monos que andan en masa; un hombre frena sus pasos con temor y espera a pesar del calor, que se alejen los elefantes y su rigor arrogante; se oye una frenada de quien deja pasar jabalíes que cruzan en manada; una mamba negra pasa por un bar de turistas y suenan los teléfonos de los especialistas. La gente se aleja del río; nadie quiere averiguar qué come un cocodrilo, y prefiere esquivar el estilo territorial del hipopótamo bestial. Acá no hay ladrones, asaltos ni matones, pero de noche no se puede andar y las puertas se deben cerrar; nadie exagera el coraje en un ambiente tan salvaje. No es el delito el encuentro fortuito; no hay miedo a los asaltantes, hay respeto a los elefantes; nadie sale a robar pero los animales te pueden matar. La inseguridad ciudadana no es el robo a mano armada; no es aquella sensación lo que alimenta los medios de comunicación. A poca distancia de aquel territorio, reina la selva con toda su inconstancia. Los antílopes, los felinos, las serpientes dominan el día y la noche. Lo asombroso de la escena no es la libertad de la hiena o de bestias que desdibujan las lineas de las campiñas; Lo que extraña es la rutina que domina. Los buscados animales, muchas veces maltratados sin pudor, depredados como un roedor, cazados y visitados en caros safaris, caminan por los jardines, pasean por las casas y nadie los caza, se apropian de la calle como si fuese un valle; pasan por ciudadanos como cualquier fulano.
Y como no es la desigualdad lo que aqueja la ciudad; la intuición nos ofrece una nueva lección, de qué es un riesgo y qué es un sesgo. De respetar lo que no se puede controlar. De qué significa tener miedo cuando la noticia no es la injusticia; donde la realidad no es la criminalidad. Una vida donde no hace falta una reja alta, pero toca acostumbrarse a toparse con bestias y relacionarse sin molestias.
Este el destino de los habitantes que se asientan entre elefantes; de ser vecino de animales mortales; de ser residente entre caminos ancestrales; paisano de un rumbo nómada en el suelo africano. Y tal vez sin intención en esta temible coalición, las bestias se domestican entre los que habitan, se acostumbran a vivir de las sobras, no les importa las obras; Se aprovechan de las plantaciones, los mangos y las naranjas y no perciben las divisiones que la lógica del hombre les propone.
En Victoria Falls, las leyes de la selva y del hombre conviven con cierto control. Tal vez exista un pacto que se firmó con el primer contacto, una especie de vínculo simbiótico pero a su vez algo frenético, cuando al encontrarse dos mundos hubo que acordar una forma diferente de habitar.
