Contar el cuento de una ciudad no puede ser separados de quien lo escribe y quien escribe no puede separarse de su propia construcción del mundo. A quienes nos gusta escribir de lugares escribimos nuestra versión de un sitio que es nuestra y se carga de nuestra historia, de los lugares donde vivimos, de nuestras experiencias, de lo que buscamos en una ciudad, lo que nos llama la atención, lo que queremos conocer y lo que no queremos ver más. Así que en este caso no puedo más que contar lo que proyecté yo estando en Lamu, las imágenes que creé mientras caminaba por aquellas ciudad, la construcción de un lugar en base a mi percepción y lo que quiero o lo que quería que Lamu sea. Olvidaré las que no me sumaban y las borraré de la ciudad y multiplicaré las que me divertían.

Crecí con los cuentos de las mil y unas noches, Aladín, Ali baba, las historias inventadas que transcurrían en los desiertos y en pueblos tramposos y desordenados. Crecí con Tintín en Egipto, el oro negro, las pinzas de oro. Tengo recuerdos bastante presentes de esas lecturas y lo que me generaba el mundo árabe en ese momento. Principalmente la intriga lógica de lo que es diferente. Hace tiempo que quiero viajar a encontrarme con ese mundo y vivirlo de cerca por alguna atracción que me generan esos mundos desconocidos, atípicos a mi realidad. Claro que a esta altura del continente no aparecen todavía esas ciudades tan influenciadas por los árabes, posiblemente más al norte de África, o ya en medio oriente pero no en Kenia, Lamentablemente no está en mis planes ir más al Norte aún, y este es el punto más cercano al cuerno de África y a medio oriente que toqué hasta ahora. Así que sin el desierto y los camellos que merece un cuento árabe, sobre una isla en las costas del Océano Índico casi en la frontera con Somalía, nacerá Lamu, un pueblo africano influenciado siglos atrás por el mundo árabe. Al igual que Zanzibar, haré de Lamu un viejo protectorado del reino de Omán, una isla más de las tantas que fueron ocupadas por los árabes comerciantes que se cuidaban de entrar al territorio continental africano para evitar enfermedades y conflictos y que hicieron en las islas sus casas y sus puntos intermedios de intercambio. Del manglar que crece salvaje en las orillas del Índico, de los metales preciosos, los cuernos y las pieles animales y por supuesto, y donde tocamos fondo como humanidad: el tráfico de personas. Traerán de regreso porcelana de la China, especies de Indonesia y telas de la India. Lamu será como como viajar en el tiempo y en el espacio a como imagino las ciudades de medio oriente cientos de años atrás. Pero tendrá una particularidad que no tuvieron otras ciudades que fueron inundadas de globalidad, que entre tanto dinamismo y cambio se fueron normalizando hasta ser casi siempre, la misma ciudad. Lamu se congela en el tiempo; no ensancharemos sus calles, ni dejaremos entrar autos, sin crecimiento suburbano solo crecerá en altura, cada vez más compacta, más densa, dejaremos las zanjas medievales en las calles para que se saturen con la lluvia y no habrá en las calles más iluminación que la natural. Encontraremos a Lamu acercándonos en un barquito navegando por las aguas del Índico, como quien se encuentra con mundos atípicos y lejanos, y lo primero que captará la atención, es la plaga de mujeres tapadas con velos y hombres con túnicas blancas y kofias en sus cabezas que se cruzarán en un puerto aturdido de movimiento. Se encuentran los vecinos en los sucios mercados de verduras, frutas y especies; entre la pesca del día y sus múltiples puntos de venta, en las tiendas de artesanías de maderas y metales, donde tal vez alguien alguna vez encuentre una lámpara de aceite con algún secreto guardado. Habrá conversaciones en los laberínticos pasajes, o a la distancia desde las terrazas y galerías elevadas, que no faltarán en ninguna casa. La ciudad estará poblada de burros, que serán el transporte de pasajeros y de carga que se chocarán entre tanto diminuto pasillos. Un ruido constante se da frente a tanta multitud en tan pequeño lugar resonando en las paredes; los cascos de los burros que golpean el piso, las conversaciones en lenguas extrañas y antiguas, los gritos, y algunas veces al día, el recitar y cantar y volver a recitar de los altoparlantes de las mezquitas. El pueblo albergará algo así como 30.000 personas en 2 Km cuadrados, habrá por lo menos 15 mezquitas estratégicamente ubicadas de tal forma que nadie se quede sin escuchar, sin levantarse a la madrugada, sin irse a dormir sin rezar. El ruido es parte de la vida en Lamu.

¿Cuántos lugares donde un viajero puede reflejarse en las viejas dinámicas de la ciudad antigua? Acá al parecer no cambiaron desde Ur o Biblos, desde que Jesús caminaba por las calles o desde la expansión del islam. Las ciudades árabes mantuvieron su estilo en diferentes costas, con similitud a la edad media europea o la China en tiempos de los mongoles. Superpoblación, compacidad y lo que nos trae a todos a la ciudad: el mercados y el intercambio. Poco espacio y caos. Lamu tendrá una sola calle ancha que bordea la costanera y a partir de ahí: un desarrollo de pasillos con pendientes colina arriba por el que solo pasan peatones, carros pequeños de carga y burros. Habrá pasajes que organizarán una trama urbana compleja, desordenada, que no respetan esquinas ni ángulos rectos, y una secuencia de puertas que dan acceso a casas entre medianeras, angostas y elevadas. De paredes revocados de blanco. Y no cualquier puerta, una gran puerta tradicional con dinteles y rosetones con excesivo trabajo en madera también, arandelas, bisagras y cerrojos de bronce en las hojas de madera plana. Tal vez una marquesina que anuncie un local comercial, un zaguán con bancos de material y chicos jugando allí,  Las escalinatas y los pisos color marfil resaltan entre las paredes blancas o revestidas de piedras. Los balcones de madera y galerías de esquina, ventanas de arco de medio punto u ojiva islámica, persianas y postigones que tamizan la luz, dejan pasar el aire pero protegen la preciada intimidad musulmana.

Ante tanta complejidad urbana, ante tanto adorno y ornamento, no será difícil que el observador se pierda. Será parte de la experiencia sensorial al andar. De todas formas, una medialuna delimitará lo urbano y lo rural y entre los pasillos angostos y cortados, los edificios irregulares de cuatro o cinco pisos donde apenas pasa la luz del sol o hacía donde salir, mágicamente todos los caminos llevarán de vuelta al caminante al mismo lugar. A la costa y la única calle ancha y regular de la ciudad. Alejarse un poco del centro mercantil permitirá encontrar los lugares donde vive la gente, donde juegan los chicos entre los pasillos, donde están las escuelas, donde se agrupan casas apiladas en constante crecimiento vertical. Con la cariñosa y alegre sorpresa frente a la visita del extranjero que no acostumbra a andar por ahí. Será extraño pero bien recibido encontrar visitantes fuera del circuito clásico: del museo al fuerte, del mercado al puerto, del puerto a los hoteles mirando el mar.

Y cuando llueva casi no abra reparo. El agua va directo a las callejuelas inundando rápido el camino saturando desagües y cloacas. Se suma al agua que cae directo y la que viene de los techos inclinados de paja o chapa y las descargas de las terrazas planas, creando cortinas de agua y haciendo intransitable la ciudad. El reparo, bajó las galerías, los zaguanes y las escaleras, aloja temporalmente a los transeúntes hasta que pare y entonces todos continuarán con su vida.

En Lamu transcurre toda la singularidad del pueblo chico, dónde habrá fusión cultural. Los árabe y persas que bajaron navegando hace 1300 años y comenzaron a convivir con los bantu que ya habitaban las islas de la que nacieron los Swahilis, una lengua nueva y mezcla de las tradiciones bantú-árabe. Matices de los Indios que llegaron también en tiempos de explosión comercial y tal vez algunos pocos -muy pocos- europeos que vendrás después. Le daremos a Lamu solo pocos detalles de modernidad y haremos que el turismo no cause estragos. Pueden ir todos a seguir haciendo eso a Zanzibar. Poco habitual es esa mágica sensación de pasear por un lugar donde uno realmente siente que no se ha desvirtuado en cientos de años. Casi intacta queda su arquitectura, sus caminos, los hábitos de sus pobladores y la vida que contiene. Y por sobre todo su origen, su razón de existir, que no es diferente de todas las ciudades, el del intercambio. La experiencia del viajero se vuelve interesante frente a la oportunidad de ver como las cosas fueron, cosa que rara vez ocurre en las ciudades modernas donde el intercambio se da cada vez menos frente a frente. Y ojalá que ese intercambio no sea solo de bienes y servicios y que venga con la calidad africana. El saludo cordial, las charlas pausadas, la preocupación por la familia del otro, el regateo constante pero si enojos. Alguna que otra persona ofendida pero que se pase rápido y no queden rencores. Qué se hable de todos los temas a la vez. El mercado crecerá y se extenderá más allá de los límites del viejo fuerte y de su función de venta de fruta y verdura. Se vivirá la multifuncionalidad africana, mezclada con el don transaccional árabe. Todos son pescadores que salen de noche y pueden traer pescado fresco a la puerta, todos capitanes de barcos que ofrecen viajes conectados puntos. Todos expertos guías turísticos sin credencial. Todos facilitadores de necesidades e intermediarios entre la demanda y la oferta, todos generadores de oferta para el viajero que no sabe bien cual es su demanda. Todos dominantes de varios oficios y artes, el método de supervivencia Africano por excelencia.

Llueve en Lamu. Me refugio de la lluvia en la galería de un departamento que mira al puerto, en un cuarto piso al que se llega por angostas escaleras irregulares, angostas puertas, angostos callejones en este angosto pueblo; terminado el ayuno del día en pleno ramadám musulmán se escuchan rezos desde los altoparlantes de dos mezquitas cercanas. Me pregunto si los viajeros que llegan acá, ven el mismo Lamu que yo.