Adaptado ya al fin de la vida intensamente tercermundista africana estando varios meses en Puerto Rico, lejos de la venta ambulante, de los medios de transporte atestados de gente y carga, acostumbrado al Uber con el aire al máximo, a cargar un abrigo para entrar a una oficina y algunos otros detalles de vida suburbana.
Aproveché mis días de vacaciones en Colombia y pasé unos días en un lugar diferente. El Chocó, Colombia.
Empecé cerca de la frontera con Panamá en un pueblo llamado Turbo en la ensenada del Río Atrato arriba de una lancha que baja por el río durante unas 12 horas hasta llegar a Quibdo, la capital del departamento. Eterno viaje de pueblo en pueblo pesquero, de comunidades afro-indigenas que viven al borde del río que no pasan de una calle principal sobre la costa, tal vez una calle paralela atrás, una escuela, una canchita de fútbol y no mucho más. La selva al fondo y el río al frente. El viaje fue un buen momento para retomar las charlas que los viajeros se animan a tener con desconocidos cuando están de visitantes y quieren aprender o matar el tiempo. 12 horas en sentado en una tabla de madera con 2 motores fuera de borda atrás hay que remarlas de alguna manera. Las miradas sorprendidas al turista que se sube a esa lancha que acostumbra a mover locales únicamente siempre ayudan a romper el hielo, más aún cuando algunos años atrás ni siquiera muchos locales hacían ese viaje tranquilos considerando los conflictos que ocurrían en la selva colombiana. A pesar de que hubiese sido más rápido y más cómodo viajar en avión, es un privilegio poder hacer un viaje, meterse de lleno en la selva y en la cotidianidad de pueblos que de otra manera uno nunca podría conocer.
Unos días después estaba por primera vez en mi vida en un avión a hélice para diez personas con la informalidad que implican esos viajes, un capitán que grita los nombres de los pasajeros en el aeropuerto apurado por que se jugaba Colombia la clasificación a octavos en ese mismo momento, ubicando pasajeros según su tamaño para balancear el peso y en 15 minutos de sobrevolar la selva pasar de una ciudad sobre un río, a la costa del pacífico que solo se llega en barco o avión. Y a partir de ahí, de pueblo en pueblo, cada vez más chicos, menos gente, cada vez menos turistas (convengamos que no eran muchos inicialmente tampoco), y casi como en un retiro espiritual, más calma y más silencio. Charlas con quienes me hospedaban, con cierta intriga sobre cómo es el día a día en un pueblo de 200 personas, si la gente se aburre o no y otras vainas del estilo.
Me tocó ver allí el partido que dejó afuera del mundial a Argentina, forzado por el destino a compartir ese momento en un bar con una francesa y un grupo de colombianos que preferían que gane Francia. Me escapé rápidamente de esa trampa después del partido y esa tarde mientras veía desde la playa como crecía el mar hablé con una señora que había perdido tres hijos por distintas razones (pero todas de esas que les pasa a los pobres), luego había adoptado y se había hecho cargo de dos chicos más que encontró abandonados cerca del río. A pesar de que mi depresión con lo de Argentina no era tampoco tan grande, me puse en eje con eso y varias cosas más de la vida en 2 segundos. Pasé la tarde ahí escuchando a una señora que me recordaba las ganas de hablar y de reírse de cualquier cosa de las mujeres africanas. Los ojos negros siempre me llamaron la atención, me impresiona la profundidad que generan esas miradas.
No son tantos, lamentablemente, los lugares que mantienen cierta originalidad, que se mantienen vírgenes del turismo que tiende a hacer que todo se parezca. Que monotoniza y hace que converja la apariencia de los lugares que tienen mucho para contar por si solos. En el Chocó queda todavía una buena oportunidad de ver como era el mundo cuando no había agencias de viajes, tours armados y fotos repetidas infinitamente. Remé por manglares, nadé en un pacifico calmo y cálido. Vi ballenas, delfines y tortugas. Me encontré gratamente con la cultura africana que ha mantenido muchos hábitos a pesar del tiempo y la distancia, a pesar de que son hijos de quienes fueron sacados a la fuerza de su lugar, que atravesaron un Oceano y fueron sometidos y que algún día cientos de años después, ya liberados se movieron hacía esas costas y comenzaron a formar sus poblados. Por suerte algunos buenos hábitos no mueren.