Módulos habitacionales como respuesta a la emergencia. La experiencia del trabajo de TECHO en Puerto Rico luego de los huracanes.
Shelter Units / Transitional Housing for Emergency Response. TECHO’s post-hurricanes experience in Puerto Rico
La organización TECHO comenzó a trabajar en Puerto Rico, convocado por la apremiante necesidad de vivienda tras el paso de los huracanes. Poniendo en práctica su enfoque de acompañamiento en los procesos comunitarios de los sectores populares, la organización se acercó a comunidades afectadas para entender cómo podía colaborar en la reconstrucción de las viviendas de los casos más críticos: estructuras total o parcialmente destruidas que imposibilitaba a las familias a ocupar sus viviendas y permanecer en sus comunidades con normalidad. Muchas familias que ya vivían en condición de derechos vulnerados, tuvieron que instalarse temporalmente en refugios, casas de vecinos o familiares quedando expuestas a condiciones aún mayores de riesgo y vulnerabilidad. Para dar una solución a esta problemática TECHO comenzó a trabajar con grupos de voluntarios que involucrados con la comunidad comenzaron a levantar viviendas modulares en madera, que permitieron hacer un trabajo en conjunto con las familias en todo el proceso de diseño y construcción para levantar módulos que respondan a las necesidades y las proyecciones futuras habitacionales de las familias, pero que principalmente permite dar una respuesta rápida y eficaz a quienes tienen la necesidad de volver con urgencia a los entornos que solían habitar. El hábitat popular suele producirse por autoconstrucción y esfuerzo conjunto, TECHO se inserta en las comunidades de Puerto Rico para acompañar en el diseño de procesos participativos de construcción de viviendas, trabajando de la mano de la misma comunidad y de voluntarios para responder a las familias en condiciones de extrema urgencia.
Abstract
TECHO, a youth-led, Latin American non-profit organization, began its post-hurricane response program in Puerto Rico in October 2017. The goal of the Program is to contribute to solving the pressing need for housing after the storms. TECHO brings forth decades of experience in community development, working together with grassroots and those most in need. Upon arrival in Puerto Rico, TECHO visited several of the devastated communities to gain a direct understanding of how it could participate in the reconstruction of the most critical cases where houses’ structures were partially and fully-destroyed. Structural damage present, families could not resume their participation in their communities. After the storms, a significant number of families who were already experiencing vulnerabilities had to move into temporary shelters or to relatives or neighbors’ homes, thus exacerbating their risks and vulnerabilities.
TECHO’s modular wood housing units are built by the community together with local, young volunteers. The recipient families are a required participant throughout the process–from the design to the construction–to ensure the unit meets their immediate and projected housing needs. The modular unit solves rapidly and efficiently the urgent need of those seeking to return to the normalcy of their every-day life.
In low-income communities, it’s common to find self-build structures and joint work among dwellers to upgrade their environment. TECHO inserted joined the Puerto Rican communities to support the design of participatory house-building processes. The aim is to respond to the families experiencing extreme and urgent needs by collaborating at every stage, from needs assessment through upgrading and reconstruction projects–with the community and volunteers.
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La organización sin fines de lucro TECHO llegó a Puerto Rico días después del paso del huracán María. Motivados por la urgencia habitacional se comenzó a trabajar junto a referentes sociales y otras organizaciones levantando datos de comunidades afectadas con el fin entender la situación de vulnerabilidad a las que quedaban expuestas los sectores populares luego de los huracanes. Posterior al análisis de datos de los diagnósticos de diferentes lugares de la isla, se definieron las comunidades donde el trabajo tendría mayor impacto. Refiriéndonos por impacto al acompañamiento –o en este caso crítico, a la asistencia- que la organización podía dar en los procesos de multigestión de las comunidades para reconstrucción y mejorar la calidad de vida de quienes habían perdido sus viviendas, buscando alcanzar las expectativas de reconstrucción que ellos tenían.
A pesar de que los daños visibles suelen ser los referidos a infraestructura y vivienda, una catástrofe así deja un daño social profundo, expone la desigualdad social, la discriminación y la discrecionalidad en la ayuda humanitaria, la ausencia del Estado en los sectores informales y recrudece la vulneración de derechos humanos que se vivía con mucha anterioridad a la llegada de María. Es por esto que la propuesta de TECHO más allá de hacerse tangible en procesos de construcción de módulos habitacionales, es una propuesta de impacto social, de ejercicio ciudadano y trabajo en conjunto con un enfoque en los procesos de gestión comunitaria “bottom-up” junto con sectores que viven en informalidad o zonas de riesgo, que el Estado no atiende.
En octubre comenzó un proceso de adaptación del trabajo de la organización en Puerto Rico. Se basó en adecuar el proceso de trabajo en comunidades, adaptando un modelo de vivienda temporera/progresiva para dar solución urgente a las familias que han perdido las estructuras de sus viviendas y se encuentran arrimados con vecinos y familiares o habitando centros de refugiados. El proceso de adaptación de diseño fue impulsado por la organización TECHO a partir de los modelos de vivienda que construye en asentamientos informales de Latinoamérica y el Caribe, junto al apoyo de voluntarios estudiantes y profesionales, actores locales reconocidos en el mundo del hábitat y la arquitectura, quienes dieron tiempo y conocimiento. Es importante para una organización en busca de una respuesta de vivienda entender las dinámicas residenciales de las familias, la cultura, la disponibilidad de materiales de construcción y de tecnología a la hora de comenzar su labor. Las premisas a las que tenía que responder una solución habitacional y que condujeron el proceso de diseño fueron:
– Economía: La vivienda debía ser económica, cediendo importancia a las terminaciones y los detalles para crecer en cantidad de soluciones.
– Escalabilidad: El diseño tiene que ser fácilmente escalable y replicarse fácilmente, para poder llegar masivamente al enorme número de familias afectadas en la medida que los fondos y la gestión social acompañen ese proceso.
– Inmediatez o sentido de urgencia: Es imprescindible que una solución de emergencia responda al carácter de la apremiante necesidad de miles de familias desplazadas de sus casas con la mayor rapidez posible.
– Sencillez: La estructura debe mantener cierta simpleza para fomentar la autoconstrucción por parte de las familias afectadas y la promoción del voluntariado activo, promoviendo que participen personas con conocimientos técnicos de construcción pero sin necesidad de equipos profesionales pagos en el terreno.
En definitiva, que se puedan hacer muchas, de manera sencilla y con materiales disponibles, y sobre todo que se pueda hacer respondiendo a la urgencia de la necesidad de la comunidad. Entendiendo que la respuesta perfecta no existe, se puso a prueba la regla del 40/70 en la toma de decisiones: buscar la mejor respuesta posible en el momento y el lugar, con información incompleta pero con un norte claro. La variable tiempo juega un rol elemental, y la inacción en pos de la mejor decisión es una carga cada vez más negativa para las miles de familias a quienes el paso del tiempo lejos de sus casas los pone en un lugar más complejo.

El resultado: Una vivienda de 24*16ft (7.3*4.8m) modulada en las 96 pulgadas (2.44m) como sección estándar de su principal material: la madera. Se produce a partir de elementos prefabricados (Pisos, bastidores de pared y cerchas para estructura de techo) en conjunto con MADECO, una empresa local, con techos de láminas de aluminio galvanizado y anclajes metálicos en las uniones. Está pensada para poder construirse en 3 o 4 días con equipos de diez personas, no necesariamente técnicos. Flexible y capaz de adaptarse a diferentes necesidades de las familias y el terreno, adecuando las fundaciones, las divisiones internas de la casa, el balcón y el acceso, capaz de sufrir alteraciones en sitio y crecer progresivamente acorde a los requerimientos, sueños y proyecciones futuras de cada familia, que en la medida que generen capacidad de ahorro podrán mejorar sus hogares. La vivienda responde a la estética y la naturaleza vernácula de la vivienda popular local, muchas veces asociada a los rescates y ocupaciones de terrenos que reivindicaban quienes luchaban por el acceso justo e igualitario al suelo urbano, pero a su vez se refuerza con tornillos y piezas metálicas para dar mejor respuesta a las inclemencias del clima tropical.
Se ha dado en estos meses de trabajo un proceso interesante de participación ciudadana y construcción colectiva, fomentando el voluntariado que se acerca a escuchar y trabajar junto a las comunidades afectadas y relegadas, ejerciendo ciudadanía y vinculando personas de diversos estratos sociales, edades y profesiones en la reconstrucción de viviendas. Aprendiendo en terreno sobre procesos sociales y técnico-constructivos a partir de la empatía, rompiendo prejuicios a través de una problematización de la realidad social, el hábitat adecuado y las lógicas comunitarias.

Focalizando en procesos de diseño y construcción, se ha abierto el juego mediante talleres participativos de trabajo con los vecinos acompañados por estudiantes y profesionales arquitectos y diseñadores con el propósito de ir adecuando las respuestas a cada familia. En una visión horizontal, un arquitecto y un poblador rompen la tradicional visión de cliente-profesional y comienzan un esfuerzo conjunto y conversado para encontrar la mejor solución y las mejores ideas de trabajo. Se revisan los terrenos para analizar las condiciones del suelo y así definir el tipo de fundación (postes de madera con zapatas, columnas de hormigón, pisos de hormigón), se define cuándo retirar estructuras o limpiar escombros, se charla sobre el acceso a la vivienda, el balcón, la ubicación de las ventanas, las proyecciones de crecimiento de la vivienda para establecer cómo serán las divisiones interiores y el emplazamiento en terreno de cada vivienda. Se definen las responsabilidades de la familia y del equipo de voluntarios para organizar la logística, y así, en razón de 3 a 4 días de brigadas, concluir la vivienda. En esos días de construcción voluntarios y vecinos trabajan juntos para finalizar esa vivienda, ensamblando piezas prefabricadas, aprendiendo sobre materiales de construcción y el uso de herramientas de trabajo. A su vez, enfocándose en socializar, empatizar y generar un espacio de encuentro que fortalece el valor de la solidaridad. También desarrollando herramientas de liderazgo y comunicación, ya que no es un trabajo de empresa constructora que con mano de obra especializada piensa en hacer su trabajo de la forma más eficiente, sino que es un trabajo de interacciones entre personas que con un fin claro y tangible se animan a ser parte de algo significativo. Un legado en la acción del trabajo conjunto que será más grande que el refugio de una familia.
En este juego que nace partir de una vivienda modular y estándar pero adaptable, las variantes son infinitas y se aprende y desaprende constantemente sobre qué implica la mejor respuesta, el uso de los materiales y las herramientas, aprovechando las enormes capacidades de construcción que abundan en las familias que viven en condiciones de informalidad. Todas las viviendas construidas terminan siendo diferentes: la lógica de hábitat familiar es diferente, los terrenos y las expectativas de cada familia también. A pesar de ser un desafío la adaptación del trabajo participativo surgen resultados mejor adecuados a cada caso. Vale la pena el esfuerzo puesto en acompañar individualmente a cada familia para acercarse lo más posible a sus necesidades. Se aprende en conjunto y se aprovechan las enormes capacidades de quienes llevan años construyendo su hábitat por medio del esfuerzo propio, para que eso sea parte de la respuesta, sin avasallar los conocimientos y la voluntad de las familias. Los aprendizajes van para ambas partes, ya que creemos que los profesionales tienen que tener escuela y territorio, y lo que hoy es para muchos estudiantes una experiencia de acercarse a una comunidad y usar sus manos para construir, será en el largo plazo un despertar en la conciencia social, en la construcción de una ciudadanía responsable capaz de romper con un modelo dominante que muchas veces aleja a los profesionales del territorio, del sentido de justicia e igualdad. Si las instituciones académicas no aprovechan esa mirada luego de María, se habrá perdido una enorme oportunidad de que los estudiantes se involucren en la reconstrucción como parte de sus ejercicios profesionales, y esto no se reduce a la arquitectura, la ingeniería o el diseño. Desde todas las profesiones se puede aportar en acompañar a quienes fueron afectados por el huracán y no logran salir adelante por sus propios medios. La responsabilidad del estudiante y del profesional es servir a su comunidad y devolver algo al entorno que los fortaleció para que lleguen donde han llegado, y así como ese colectivo nutre de experiencias, conocimiento y oportunidades, se le debe a ese colectivo la acción y el uso de las herramientas que nos da la profesión. Estas acciones reducen las brechas de la segregación social que tanto afectan a nuestras sociedades y generan profesionales responsables con su entorno. Y para arquitectas y arquitectos, o estudiantes una experiencia de liderar un proceso constructivo, un equipo de voluntarios diversos, de guiar el vínculo con una familia tanto en las etapas previas de diseño como en las resolución de los detalles constructivos y los procesos de trabajo, es una oportunidad tremendamente enriquecedora.Tener la oportunidad de acercarse de primera mano a un desafío profesional de liderazgo de equipos frente a la necesidad de resolver una condición injusta y urgente en la que se encuentra un vecino/beneficiario, requiere generar destrezas sociales y el mejor uso de las reglas del arte.
El trabajo en un proceso de mejora continua de la mano de vecinos y voluntarios alcanzó a impactar 17 familias que hoy ocupan nuevamente sus terrenos en el módulo construido. Se espera llegar a unas 30 familias más en los próximos meses y ojalá, intentar multiplicar de manera abierta y colaborativa la mano de otras organizaciones o instituciones que tengan labor en territorio y vean conveniente una respuesta a la emergencia habitacional con las premisas mencionadas. En este caso la organización TECHO comenzó trabajando en Villa Sin Miedo, emblema de las luchas por el acceso justo al suelo mediante rescate de tierras y luego en San Isidro (ambas comunidades en el Municipio de Canóvanas), otro ejemplo similar de los mecanismos de ocupación de suelo que los sectores populares comenzaron al encontrarse sin alternativas en la década del ‘70 en diferentes lugares de la isla, acercándose a territorios vacantes en general en condiciones de riesgo o con mala localización. Todavía hoy excluidos de los mínimos de vivienda y hábitat, lejos del acceso a los servicios básicos regulares, viviendo en estructuras precarias levantadas por sus propias manos (y en varios casos destruidas en más de una ocasión por pasados huracanes), reciben con fuerte impacto el golpe del clima. A pesar de no haber sido de los lugares de la isla donde el huracán golpeó con más fuerza, su situación de vulnerabilidad social y ambiental tan crítica los deja en una situación de destrucción y abandono total posterior al paso de María. La informalidad los expone a ser los primeros en perder su empleo frente a semejante catástrofe y los excluye de los fondos de FEMA que no brega con familias que no tienen título o viven en zona de riesgo. Queda en manos de ellos la reconstrucción de su comunidad, la limpieza de escombros, la restitución del servicio de luz, el acceso a ayuda humanitaria de primera necesidad la mano de voluntariado o asistencialismo. Queda en manos de ellos también, asegurar la reconstrucción de sus estructuras que solían habitar. Con limitada capacidad de ahorro y sin fondos propios para invertir en vivienda, los sectores informales encuentran un desafío casi imposible en reconstruir sus viviendas de manera adecuada siguiendo los códigos de construcción. Con el paso de las semanas y meses es vital accionar estrategias que del respuesta a estas familias que ya no pueden seguir estando en un centro de refugiados o dejando sus pocos ahorros en un alquiler.
Las respuesta de emergencia habitacional deben reducir el tiempo que un núcleo permanece en un centro de refugiados o lejos de su comunidad -o fuera de la isla-. Debe dar una posibilidad eficaz y eficiente para regresar en el menor tiempo posible a sus dinámicas habituales. La respuesta temporera que propone TECHO busca ser un bien público. Se abre la posibilidad a que la vivienda sea construida por las mismas organizaciones de base que reconocen rápidamente que vecinos han sido principalmente afectados, a organizaciones sociales con trabajo constante que pueden articular el proceso de trabajo en esos lugares donde tienen la confianza de las comunidades, a organizaciones de ayuda humanitaria que surjan frente a las catástrofes y porque no, materia de política pública de emergencia, respuesta a corto plazo que evite exponer a las familias a ocupar durante meses escuelas o edificios públicos como refugio, que pueda producirse con anticipación y almacenarse, incluso reciclarse posteriormente y volver a utilizarse. Abrimos el juego a que la vivienda sea cuestionada, criticada, mejorada pero aprovechada para solucionar problemáticas de urgencia habitacional.
Las respuestas de emergencia en términos de infraestructura y vivienda, el paso siguiente a repartir agua y comida, suelen recibir críticas por aparentemente duplicar esfuerzos, por no ser respuestas estructurales o por no responder a estándares de calidad. Pero lamentablemente, catástrofes como estas seguirán ocurriendo en el mundo y muchas familias de los sectores populares, sin redes de contención, sin empleo formal o estabilidad de ingresos requieren respuestas de este tipo, que no limitan ni van en contra de las respuestas estructurales que debe ejecutar el Estado frente a la urgencia y evitar que la falta de vivienda y techos, de servicios básicos, de escombros en las calles se transforme en un verdadero problema estructural, si es que no ha ocurrido eso ya.
