San Juan, Puerto Rico. 31 de octubre de 2017.

Este fin de semana que pasó nos toco recorrer varios municipios y comunidades afectados por el huracán María, uno de los más terribles que ha pasado por la Isla en más de un siglo en palabras del Gobernador. Varios voluntarios se sumaron para acompañar al equipo de TECHO que recién hace un par de semanas desembarcó y está en pleno proceso de acercamiento a las comunidades y los territorios más desvastados para tener información certera de lo que ocurrió y luego poder trabajar junto a las comunidades más vulnerables.

El viento y el agua arrasaron por más 12 horas consecutivas. La gente se guardó en sus casas, empujó puertas para que no se abran, se aferró a las ventanas, se escondió en los lugares más seguros que tenían dentro de sus hogares. Algunos se fueron de sus casas a pedir refugio, otros por miedo a perder todo se quedaron cuidando sus cosas. Y cuando todo terminó, nada era igual. Caminos rurales o autopistas intransitables, destrucción en la infraestructura básica. Muchísimos techos de chapa de zinc volaron, muchas paredes se desplomaron. Algunas casas quedaron torcidas y casi intactas como rotadas en una especie de efecto visual hecho en computadora, casas abiertas sin techo ni pared con los muebles todavía puestos como en una exhibición inmobiliaria de como quedaría un nuevo complejo habitaional. Barro hasta en las paredes de un segundo piso, ríos que corrieron con gran velocidad por las calles llevándose todo por delante. Escombros y familias enteras en refugios. El miedo de no tener adónde ir. Puentes caídos, rutas partidas al medio, cables con tensión tirados por ahí.

Estos días aprendí que lo peor para muchas familias no son esas horas de angustia durante el huracán, mientras el agua corre por las calles, el viento rompe con todo y la incertidumbre de cuando empieza o cuando termina reina en cada casa, sino todo lo que viene después.

Con el escampe llega la esperanza y el ciclón deja de ser noticia para quienes están afuera. La agenda pública cambia de tema rápidamente: una elección, alguna polémica entre famosos, la independencia catalana. Pero con el fin de la tormenta vienen también la humedad y los hongos a invadir los hogares, los mosquitos que transmiten enfermedades, las ratas y la lectospirosis. Las pérdidas materiales, la movilidad interrumpida, los animales muertos. La falta de comida, las vertientes de agua y los caños contaminados, la imposibilidad de comunicarse con la familia, la falta de electricidad para cocinar, las cadenas de frío rotas. Las muertes que llegan de la mano de la falta de medicamentos o tratamientos, que posiblemente no sean parte de la estadística. Es algo llamativo lo sencillo que es reconocer en los centros urbanos donde hubo mayor impacto de una tormenta, y a la vez acercarse a los contextos vulnerables, a los asentamientos informales donde -lamentablemente- lleve un poco más de tiempo encontrarse con viviendas en condiciones precarias, paredes o techos incompletos, ver la situación de las calles mal asfaltadas o los cables caídos y reconocer, entender si es fruto de un ciclón o de años al margen de lo que debería garantizar el Estado, de autoconstruir sus viviendas con pocos recursos, de organizarse para mejorar el barrio junto a otros vecinos. Aunque los escombros y la vegetación irrumpiendo por todos lados dan una señal clara de que algo grande pasó por ahí. A pesar de que los sectores populares de la Isla cuentan con algunos derechos garantizados que el resto de la región no, sigue siendo algo contradictorio hacer ciertas preguntas: Si el huracán los dejo sin conexión a la luz cuando su conexión era irregular desde un principio, cómo quedó la provisión de agua si siempre tuvieron acceso limitado por problemas de presión o de tuberías. Importan los puntos de partida y mucho. El acercamiento a quienes fueron fuertemente golpeados por el ciclón exhibe la resiliencia de los sectores vulnerables, donde todo impacta con más fuerza y que se acostumbran a una vida de caídas y nuevos comienzos. Que los hace fuertes y se recomponen con rapidez en la medida que puedan y le ponen buena cara a los duros golpes de las catástrofes climáticas. Y a pesar de ser una conclusión positiva, no sé si lo es.

La gente se levanta pero los efectos son colectivos. La escasez de las necesidades más básicas llega el día después. La especulación cuando la oferta se achica y la demanda sube. En algunas zonas las familias reclaman que pasado más de un mes del impacto, todavía no han recibido asistencia de ningún tipo del Estado, y que en los casos donde sí recibieron fue insuficiente. La asistencia civil de emergencia tardó en llegar.  A pesar de que gran parte de la población todavía no tiene luz ni agua, la parte más urgente que tiene que ver con la provisión de agua y alimentos se va acomodando en la medida que mejora la logística de entregas del Gobierno y se dejan de repartir sobres de ketchup o perfumes en las cajas de provisión de emergencia, en la medida que algunos servicios se van regularizando, que la gente puede volver a trabajar, que el suministro y la oferta de alimentos muy restringida aún vuelva de a poco a su normalidad. Pero cuando la acción frente a la eventualidad sale a luz lo que toca hacer después: construir nuevas viviendas para quienes todavía están viviendo en refugios o con sus vecinos, recuperar techos venidos abajo, restablecer de manera adecuada la luz, que el agua que corre por los grifos vuelva a ser segura.

A pesar de todo siempre sale el sol. Y así como en África, los lugares cálidos se caracterizan por sus pobladores optimistas, abiertos, cariñosos y siempre empujando pa’ lante como hoy se levanta el pueblo boricua. La reconstrucción recién empieza y no va a dejar de ser noticia para quienes viven acá por un buen tiempo.