Emblemático, icónico, histórico y mundialmente reconocido para quienes siguen de cerca el mundo del hábitat informal y la vida en las ciudades, se levanta en la capital de Kenia uno de los asentamientos mayormente poblados del mundo. No se sabe con certeza cuál es su población pero se estima que es 1.000.000 de personas, aunque algunos dicen 700mil y otros un millón y medio, lo que es al menos una quinta parte de la población de Nairobi. Casi como algo pintoresco exhibe postales que algunas no me animé a tomar para no invadir a la gente como un turista japonés: calles de tierra, casas de madera y adobe, mercados en los márgenes de una vía de un tren activo que pasa dos veces por día, las cloacas que corren entre los pasillos a cielo abierto, todo en pleno siglo XXI, en pleno centro urbano, en plena capital de un país. Un mundo con vida propia, exhibiendo la innovación y la creatividad de la gente que se las arregla frente a la ausencia del Estado: barrios y comunidades de diferentes raices conviviendo, mercados informales donde se consiguen cosas que no existen en el resto de la ciudad, cines a la calle donde pasan películas y partidos de fútbol en vivo, comidas étnicas y hamburguesas, sedes de organizaciones sociales y fundaciones, escuelas privadas, moto taxis para moverse por adentro de ese mundo, avenidas de asfalto y pasajes mínimos inundados, baños comunitarios con precios diferidos según el agua que se necesite, paradas terminales de minibuses en diferentes límites, caños de agua en altura que suminstran tanques aprovechando las pendientes naturales del terreno. Lo bueno y lo malo de la mercantilización de todo y también de las necesidades más básicas, la tierra, el agua, las fuentes de energía.
Lo pintoresco por supuesto que no lo da la vida dentro de Kibera, sino quien lee de este lugar, quien escucha los títulos que se le da al asentamiento que apaciguan los efectos de la realidad. “El asentamiento más grande de África o el segundo después de Soweto en Johannesburgo”, “La ciudad de barrio”, casi como si fuese algo que alimenta el orgullo y no una alarma. Como si una foto de una casa de barro con rascacielos de fondo tuviese algún atractivo particular para exhibir los contrastes de la desigualdad. Como si la foto de las personas corriendo su venta callejera y corriéndose para que pase un tren sea una divertida actividad diaria o un ícono abusado ya para hablar de los desafíos de la vida urbana y no un riesgo constante para sus habitantes. Es cierto, las imágenes son llamativas y tal vez sirvan para dar a conocer una realidad, para concientizar o para investigar. Pero nada cambia, o solamente muy poco.
Ya he escrito sobre esto, pero vale la pena recordar que la casa del hábitat mundial (la oficina principal de ONU HÁBITAT) se encuentra también en Nairobi, representa como es el hábitat de otro segmento de la población. Se vive entre rejas y muros, shoppings y autos, en barrios que abusan de la seguridad privada a tal punto que un peatón puede ser invitado a moverse de la vereda que esta frente a algún edificio que pertenece a una embajada o un organismo internacional, en una apropiación de hecho del espacio público y una limitación al contacto fluido y natural que deberían tener diferentes sectores de la población que comparten la ciudad. Algo que ya no es sorpresa en ninguna ciudad del mundo, pero lo hace un poco más irónico donde convive un emblema de la pobreza urbana con quienes trabajan y dan recomendaciones para que justamente no se viva de esa manera.
No tengo claro cuántos asentamientos más hay en Nairobi, pero sé que son varios y rápidamente estimaría que al menos la mitad de su población vive en uno de ellos. Durante mi visita junto con una referente de la comunidad que junto a otras mujeres se organizaron para abrir una escuela, ya que en Kibera no hay escuelas públicas, pensaba en si estaba bien ir allí, si aportaba algo mi visita. Pensaba en mi derecho a caminar por ahí, si es que lo tengo. Pensaba en cuanta gente va ahí, saca fotos, hace preguntas, seguro con buenas intenciones pero tal vez sin ningún impacto en la vida de la gente. Pero también pensaba mientras caminaba que si en una ciudad que uno recorre como visitante, la mitad o más de su población vive en asentamientos, slums, townships, pero no camina por allí ¿cuál es la ciudad que uno conoce? ¿Qué se lleva uno del lugar si solo se queda detrás de las rejas del suburbio, en un hotel o en un airbnb? Seguro no va a tener mucho que ver con la forma en la que vive gran parte de los ciudadanos de ese lugar.
Me hago algunas preguntas más sobre el derecho y las libertades. La libertad o le derecho de caminar o sentarme en una vereda de un barrio, de cualquier barrio, sin que me digan que no puedo estar ahí que sí pasa en Kibera pero no en los barrios exclusivos. El derecho de tener una escuela pública en mi barrio que seguramente me hará más libre en el futuro, cosa que no pasa para ese millón de personas. La libertad y el derecho de abrir una canilla cuando quiero y pagar una tarifa plana (o medida, no importaría) por el agua y no tener que comprar agua en puntos determinados del barrio donde el valor va a depender la escasez, y tener que cargarla hasta la casa como hace la gente de Kibera. La libertad de no tener que pagar por el uso de un baño público. Pocas familias tienen baño propio por causa del poco espacio para habitar, lo cual genera innumerables problemas donde la comodidad es el menor de ellos y me refiero a las enfermedades y a los casos de violencia de género a las mujeres que andan solas).