Mientras pasaba los últimos días en el norte de Mozambique mi vieja me advirtió: – «Mirá que Malawi es uno de los países más pobres del mundo». La lógica que nos programa advierte que pobreza = crimen, que la pobreza genera violencia y delincuencia.
Es cierto que es de los países más pobres del mundo en varios sentidos (disclaimer FSOC: no solo ingresos, también IDH, PBI, multidimensional). Es cierto que hay altos niveles de corrupción, que las enfermedades que matan miles de personas, que secuestran albinos para brujería, que la homosexualidad es ilegal y que la agenda de género está pendiente. También es cierto se animaron a hacer agroforestación (árboles fertilizantes) como alternativa al pesticida y las semillas transgénicas de Monsanto.
Pero «la única verdad es la realidad» y se valida con investigación y no con el pensamiento dominante: la violencia se asocia a la inequidad, no al PBI o a un % poblacional. Sudáfrica es el país más rico, desigual (impactante 0.66 gini) e inseguro de la región. Su imagen “no tercermundista” atrae miles de turistas que tienen que usar Uber para hacer 10 cuadras en pleno día. Pero no quiero comparar o generalizar.
Acá, en uno de los países más pobres mundo no vi policías en la calle salvo los de tránsito (Negativa ecuación costo-beneficio) y vi poca seguridad privada (uno de los principales empleadores del continente) desarmando el mito de que la seguridad urbana tiene algo que ver con la presencia policial en las calles. No vi violencia, no vi miradas amenazantes, no vi excesos de alcohol o drogas. No escuché que le chiflen o griten a las mujeres. No vi que increpen turistas. No vi autos pasar con las ventanas altas ni con vidrios polarizados. Nadie me alertó que evite la calle de noche por mi color de piel. Vi muchos musulmanes, indios, chinos, europeos y africanos. No vi gente protegiéndose de la gente.
Los índices no miden la calidez del pueblo Malauí que vi en todas las personas que se me acercaron en la calle, los que me hospedaron y los que fui conociendo. El saludo atento, la intriga frente al extraño, el interés honesto en la persona, su origen y la razón de su visita, la despedida cordial y la bienvenida al país. Charlas, invitaciones a recorrer aldeas, a sentarse a comer harina de maíz con las manos. La voluntad para guiar al visitante que pide direcciones y no sólo señalar hacia dónde. La intención de acercarse al que espera o está perdido. Calidez firme incluso en la capital, normalmente más hostiles, individualistas y ajenas, donde el hurto o el timo al visitante suelen aparecer. Amén de eso, tanto en los atestados mercados, los barrios ricos o pobres (no los hay medios), reina el clima caótico de toda ciudad africana con interacciones armónicas. La apertura y el saludo al extranjero permanecen.
Me voy impresionado del imponente lago de arena blanca y agua transparente, sus orillas repletas de pescadores, de gente bañándose, lavando sus cosas. El habitar en pequeñas aldeas. El verde de las montañas. Los mágicos baobabs. Pero por sobre todo impresionado con la gente.
El encanto Malauí invita a repensar los paradigmas que construimos para evaluar las sociedades, la rapidez para generalizar, la inercia con la que categorizamos lo desconocido.
Con qué facilidad se cae el coloso prejuicio. Qué frágiles son nuestras construcciones del mundo.
Agradezco que viajo, desaprendo y aprendo.
Hi xi canwe






