Llegar a Nkhotakota es llegar a cualquier pueblo africano: La frecuencia de los edificios anuncian el entorno urbano; el movimiento de hombres, chicos de uniforme, mujeres con palanganas en la cabeza configuran la eterna y fragmentada procesión de caminantes. El mercado exhibe la diversidad, la densidad y el intercambio. Un bocinazo de una combi alerta al peatón, su cobrador grita para subir gente, a la vista las llamativas tiendas con recovas de los indios, los puestos del mercado de carne y pescado seco, los locales de electrónica, las peluquerías 2*1 que rapan pelo y habilitan la carga de celulares, los puestos de ropa y telas; los manteros que venden verduras y frutas en el piso, los brujos que a escondidas venden raices para hacer el bien o el mal, el vendedor ambulante de crédito de teléfono, de gaseosas o de bolas de grasa. Indios, chinos, musulmanes y cristianos; borrachos diurnos y el «loco» del pueblo. Diversidad y transa informal de una multiplicidad de mundos que se encuentran en simultaneo en remotos y pequeños pueblos. En Nkhotakota​ pasa todo esto y algo más: las bicicletas, medio de transporte bandera de la zona, bicis hechas taxis con coquetos portaequipajes hechos asiento, o bicis-fletes preparados para carga.

Antes y después de ese mundo transaccional se termina todo. No hay edificios ni casas, no hay rejas ni jardines, no hay veredas ni calles. Árboles a la vera de la ruta, terrenos baldios, pastizales y nada más al parecer. Y uno se pregunta ¿dónde vive la gente?

Si presta atención se ven huellas de transeúntes que se alejan de la ruta. Escondidas entre árboles hay casas, hay comunidades. Aldeas que no miran al camino, casas sin cercos ni divisiones, sin trama ni orden aparente. Pero al acercarse el desorden va generando pasajes, espacios comunes de trabajo y descanso. Se arman sus propios centros con sus lógicas y sus intereses o necesidades. Huertas, árboles, escuelas, iglesias anglicanas o mezquitas de influencia swahili. Espacios abiertos al sol para el secado de pescado o de maiz. Con el arraigo y el sentido de pertenencia puesto en la aldea sus pobladores dan la bienvenido al nombre de la aldea. Los pobladores hablan del lugar, de su historia y su economía. Nadie menciona Nkhotakota.

Allí, alejando de los caminos se habita. En Nkhotakota no hay casco urbano, no hay un espacio público unificador de las manifestaciones políticas, sociales o culturales. Solo hay un mundo mercantil e infinitos y diferenciados mundos del hábitat. 

Lo cierto es que no hay espacio público como lo conocemos quienes habituamos a distinguir la separación de lo público y lo privado. Pero dónde no hay límites físicos todo es espacio público, todo es accesible, todo es de todos.

Y así como nadie vive o habita Nkhotakota, todos eventualmente pasan por ahí.