En las tierras bajas del sur de Mozambique, donde alguna vez estuvo la capital del Imperio de Gaza, interrumpe el mato una secuencia de enormes planicies de agua y arena blanca.
Los caminos angostos de arena colorada cerrados por arbustos se transforman en un paisaje de inmensas palanganas, donde el agua levanta pastizales verdes y amarillos.
De día el calor golpea sin reparo frente a la ausencia de árboles, de noche aturden los renacuajos y la soledad.
Cuentan que hace mucho tiempo un rey muy poderoso empujó la tierra hacía abajo con tanta fuerza que inundó los solares de arena formando humedales.
Aquel que pasa, imagina que mucho tiempo atrás los elefantes tomaron agua de esas lagunas. Que allí descansaron leones o corrieron impalas, antes de que las personas se asentaran y los hicieran huir a territorios vírgenes.
El tiempo -y el hombre- convirtió el terreno en una plantación de arroz, un refugio de liebres, serpientes y pájaros. De escasos árboles de copa chata, horizontal y recta, donde se posan pájaros que se asustan y vuelan desplegando cuerpos azules o alas rojas.
En el horizonte árboles y el final de la planicie. Las palmeras a lo lejos anuncian la dirección Norte el cambio de provincia, Inhambane. No hay casas a la vista pero camina gente, mujeres con bebés colgando de sus espaldas, cargando en sus cabezas provisiones, chicos que vuelven de la escuela, familias enteras que van de algún lugar desconocido a otro.
Un camino atraviesa las llanuras depreciadas rodeando la laguna. Un sendero que corta los yuyos y las plantaciones de arroz. Hecho -y deshecho- por las marcas de quiénes pasan, curvas y pozos inundados, por nuevas huellas que esquivan los pozos y que en breve serán nuevos pozos.
A las orillas de la laguna pasta ganado. Decenas de vacas emergen entre los yuyos.
Y entre ellas sus pastores.
Chicos que no llegan a los quince años pasan su día caminando junto a las vacas. Cargan machetes largos como sus piernas, fierros o palos de madera. Ropa sucia y rota. Comen caña de azúcar que arrancan de ahí.
Con muy poca frecuencia una camioneta irrumpe la mansa planicie. Rompe su calma y avanza. Comienza un paseo atolondrado de saltos y charcos, de arena y yuyos que golpean espejos, que raspan los brazos que buscan aire. De folclore o rock nacional, de doble termo de mate. De ojalá no pinchar o enterrarse. Quienes han pasado por ahí recuerdan bien la aventura del viaje, el sol pegando en la cara, las puestas del sol y los imponentes cielos estrellados.
Y como en cualquier otro lugar del mundo, allí donde rara vez se escucha el motor de un auto, alguien levanta la mirada. El ruido que espanta a los pájaros y a las liebres llama la atención de los chicos. Corren hacia la camioneta. Quieren subir. Corren y gritan «boleia, boleia». A veces son dos, a veces cinco u ocho.
Saludan siempre cordiales frente a la ventana del conductor y suben a la caja, o al asiento de atrás. Se ríen, gritan, se divierten. Viajan pocos kilómetros y bajan. Como en cualquier otro lugar del mundo, los chicos juegan. A veces van a la escuela y después juegan, pero lamentablemente en contextos vulnerables muchos juegan y trabajan. Su trabajo los hace caminar largos kilómetros todos los días, siguiendo de cerca a las vacas y se inventan sus juegos; como hacer dedo a los escasos autos que pasan.
Es difícil conversar. Conocer sus nombres es fácil, pero a la segunda o tercera pregunta ya se hace imposible seguir la charla. Es difícil entender si hacer dedo les sirve para caminar un poco menos o solo les divierte. Si la camioneta los acerca hacía donde van o si es solo un paseo.
Los niños en machete sonríen. Agradecen, saludan y siguen. Y hasta la próxima. La repetición de la secuencia por algún auto conocido aumenta la confianza de los pastores. Tal vez un bocinazo los invita a correr desde más lejos aún. Ya saben que subirán, que la boleia está garantizada, que capaz los espera alguna galletita. Aquél que pasa se acostumbra a verlos correr y prepara los frenos, los sube y se entretiene también en ese breve lapso de tiempo en el que se puede apaciguar el aburrimiento que genera cruzar ese enorme arenal una y otra vez. Esa frecuencia que aplaca las aventuras y las transforma en hábitos, que solo se vuelven interesantes cuando algo novedoso acontece.
