Después de dos meses de haber llegado a Mozambique, quiero contar brevemente de que se trata, para mí, vivir en la Misión de Mangunze y estar trabajando como voluntario de Somos Del Mundo.

Enero fue un mes de construcción y mucho movimiento.

Junto al gran grupo que viajó de Posadas Misiones, también conocido como NOSCO, construimos tres aulas en dos comunidades. El día a dia lo marca el ritmo de construcción, pero frente a las distancias el control lo asume la llegada de materiales, todo un desafío cumplir en tiempo y forma con una logística en este contexto en un mes donde llovió mucho.

Dormíamos en la comunidad aunque algunas veces volvíamos a la Misión a cargar materiales y a descansar entre la construcción de cada aula (con alguna posible visita a la playa, viajes largos en shapa y capaz alguna noche de excesos). Nos encontrábamos con los otros grupos, comíamos juntos y compartíamos experiencias. Las idas a cargar material en caminos de arena y las lluvias nos ponían frente a un dilema: no saber que va a pasar y dónde finalmente uno va a dormir. Los camiones de quedan, pinchan, se rompen. Cada viaje será una aventura diferente dónde la planificación ocupa un rol secundario. Sobretodo, ayudan a que uno se vaya adaptado y baje las revoluciones. Adaptarse es aprender a esperar. Es saber que el poder de modificar las cosas no está en uno. Es animarse a cambiar la temporalidad que nos domina en las ciudades.

El hecho de dormir en la comunidades donde se trabaja y pasar ahí varias noches permite conocer a la gente de otra manera, encontrarse, entrar en confianza, charlar en profundidad, y aprender mutuamente de la lógicas diarias en la que cada uno enmarca sus vidas. Permite acercarse al menos unos días a un mundo diferente con esquemas y normas que parece que llevan miles de años y no han cambiado. Que cambiaron mucho en los tiempos de la colonia pero solo los más viejos, que son muy pocos, conocen esas historias. De los enormes desafíos que hay frente al acceso a los derechos más básicos, a las cuestiones de género, a una vida basada en el esfuerzo físico que cada uno puede dar. De la comida, que se come y que no, de como son los procesos de cocción y los rituales. De que se trata el sentido comunitario que les marca tanto, esa vida de familias enormes dónde todos son papás y mamás, dónde todos cuidan de todos. De como son las estructuras bajo las que se armoniza y de ordena esa vida en comunidad. De la importancia de la higiene: bañarse todos los días para que no se tapen los poros y evitar enfermedades, lavarse las manos antes de comer y el uso del agua en general. Limpiar, cocinar o tomar, acá donde escasea el agua y conseguirla implica caminar con un balde en la cabeza largas distancias, el agua adquiere un papel relevante que muchas veces olvidamos quienes abrimos una canilla cada vez que queremos. De un idioma nuevo, lleno de onomatopeyas, sonidos y cambios tonales que no acostumbramos pero que significan mucho. De los bailes, las canciones y la alegría que transmiten todos. Del humor, de reirse de todo. De agradecer y compartir todo.

Los días arrancaban al alba, comenzaba el trabajo lo antes posible para aflojar cuando se ponía pesado el calor. Con el tiempo madrugar toma más sentido, especialmente frente al desborde de naranjas que se levantan a lo lejos y tiñen la tierra. y al glorioso fresco de la mañana que se extingue rápido y no vuelve.

Nos sentábamos y esperábamos (en realidad «esperar» resume mucho de lo que pasa acá) que empiecen a aparecer los vecinos para trabajar. La parte del trabajo en unón nos la tomamos en serio.

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En algún momento de la mañana el calor ya no deja trabajar (debe ser como a las 9 eso pero le damos margen hasta las 11) y hay que frenar. Nos internabamos abajo de un árbol, que como bien alguien dijo tiene alguna especie de somnífero entre sus hojas. Dormiamos la siesta, a veces más de una vez por día, tocamos la guitarra, bailamos, aprendimos quién era Mister Bow y la marabenta. Algunas tardes aproveché, ahí mismo abajo del árbol, para empezar a dibujar. Veníamos charlando con algunos sobre la idea de hacer diferente el techo de las aulas y empezaba el proyecto de la escuela de Mangunze.

A la tarde continuábamos el trabajo hasta eso de las 1730 cuando ya la gente quiere volverse a su casa a cocinarle a sus hijos y dormir. Algunas veces cuando volvíamos a trabajar tomabamos alguna gaseosa, con tanto calor se necesita azúcar y cuando se puede, algo frío. La loja de Cumbe de encargaba de tener bebidas frías en lo más profundo del mato, cosa que fue imposible de conseguir en la segunda comunidad donde la loja más cercana estaba a una hora caminando. Ya para la caída del Sol estabamos cerca de comer pero antes a bañarse. Con una palangana y un jarrito en una «casa de banho» hecha de paredes bajas y aun en días de lluvia. No se come si no se toma baño y no es negociable. Algunas veces tuvimos una especie de revisión sanitaria antes de comer por dudas sobre la limpieza. Nos adaptamos a comer con luz sobre el final de la tarde, antes de que la gente de la comunidad emprenda la vuelta.

Al caer ya la noche pero aún temprano (a eso de las 20hs), no hay mucho más que hacer. La señal de celular es mala, no hay luz y el cansancio pesa fuerte. Mirar las estrellas y ver la luna llenarse y cambiar de posición con el paso de los días y las horas. Charlar. Dormir.

Dormiamos en bolsa de dormir o colchones en el piso, en algún aula de la escuela o en alguna paliota, que viene a ser la casa redonda con techo de paja que tenemos todos en nuestro imaginario de como se vive en África. Pasamos calor y frío. Y cuando era calor, era calor en serio. No faltaron algunas acusaciones a quienes roncaban y llamados de atención a quienes no dejaban dormir. El calor y los bichos complicaron mucho el descanso. Las moscas arrancan temprano y los mosquitos siguen hasta el amanecer dándole lugar a las moscas nuevamente. De una plaga a la otra. Ni hablar de los escorpiones.

Cerró enero. Los grupos se volvieron y llegaron nuevos voluntarios. Algunos amigos se fueron y otros nuevos llegaron. El grupo de Misiones se volvió dejando la base de los chistes y el humor con el changana que repetimos en febrero y seguro en marzo también. Cacana com peri-peri, wena o lolo, grande tsotse, engorroshar, nhama ia unwuana. Dejó tres aulas, muchas anécdotas, amarula y cerveza, viajes apretados en shapas, grandes amistades. Y algo más capaz.

Se quedaron los nuevos grupos, la logística con sus camiones que se quedan en la arena, los dibujos, la guitarra y algún intento de rutina para febrero y marzo que contaré en breve.

Hi xi cawe! Estamos juntos!