Nota: Escribí esto en 2014, cuando vine por primera vez a Mozambique, pero nunca lo mostré ni lo publique. Como ahora, en otra zona, otra comunidad se repite casi todo, me pareció que valía.
Se sale de la ciudad por la ruta y a medida que se avanza van perdiendo frecuencia las vendedoras de la calle y se van desdibujando los límites de las propiedades. Ya no se distingue que es de uno y que del otro, solo son grandes solares. Inmensos areneros desérticos sobre los que se emplazan construcciones, casas o edificios públicos se arman alrededor de los arboles, o de él árbol. La casa, la escuela, no es una construcción sino varias, serán los cuartos, el baño, la cocina que en general no son más que chapas que dan reparo para hacer un fuego, el gallinero, la conejera, más lejos la mashamba (la huerta). En la escuela las aulas, la sala de dirección, el baño y así. Ya no importa si se está adentro o afuera, afuera es igual que estar adentro. El árbol es el refugio y la reunión, lo que alguna vez fue fogata o chimenea, lo que hoy es un televisor. Y cuando se reúne la comunidad, el árbol es la plaza del pueblo, un centro político. Hace demasiado calor y no hay luz eléctrica; el espacio de reunión, el lugar donde pasa la vida, el elemento que ordena la casa, es el árbol. Bajo el árbol se come, se charla, se canta, se duerme la siesta, se hace el fuego para preparar la comida, se reciben las visitas, se ve al médico. No voy a decir nada nuevo diciendo que no hay mejor sombra que la del árbol, mejor que cualquier galería. Los techos se calientan y las paredes cortan el aire que corre, pero bajo un árbol corre viento entre las hojas y baja la temperatura, y no importa cuán insoportable sea el calor, el árbol hace que se olvide rápidamente. Pero hay que estar atentos, las horas pasan y hay que acomodarse al movimiento de la sombra. Lo que comienza bien temprano en un lugar para la tarde estará pasando a 20 o 30 metros de donde empezó. Así como la vieja Úrsula en Cien años de soledad descubre cuando queda ciega que existen diferentes estaciones del año porque percibe como se modifican entre el invierno y en verano las sombras y las posiciones rutinarias de su familia, donde escasea la sombra el giro de la tierra y el paso de las horas importan y mucho.
Los árboles se repiten infinitamente. Siempre tendrán bajo su sombra a alguien sentado, tal vez unas sillas, cenizas de un fuego o alguna marca de todo lo que pasa ahí.
«El hombre camina días enteros entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como signo de otra: una huella en la arena indica en paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo e intercambiable, árboles y piedras son solamente lo que son.»
Extracto de las ciudades invisibles de Italo Calvino
